¿Has estado alguna vez en Filipinas? Yo, hasta el 22 de noviembre de 2024, no. Pero es que el 23 de noviembre aún no había aterrizado allí.

No se retrasó mi vuelo desde Bangkok, ni tampoco me perdí, ni cambié de opinión en el último momento. Era sólo que mi mente no paraba de percibir estímulos nuevos, pero también ligeramente familiares, de todo tipo y aún no terminaba de encajarlos, de crear un marco adecuado para la experiencia que comenzaba a vivir.
A pesar de que tenía un vuelo de regreso a España desde Manila, ya sabía que mi estancia iba a ser más larga que lo que aquel billete determinaba. Acababa de cerrar mi centro de yoga y terapias tradicionales tailandesas en Tenerife, Sabai Dee, y se había abierto ante mí un océano de posibilidades e incertidumbre que me mantenía tanto esperanzada como miedosa. Apretando bastante el presupuesto que logré reunir, había tomado la decisión de invertir más en este proyecto, en el de Viajes Conscientes, y aventurarme a descubrir con calma algunos de los países de Asia en los que quería abrir destino en 2025. Así que tenía por delante 4 meses de aventura que aún no deseaba al 100%, pero sí lo suficiente para llenar mi mochila con lo esencial para más de 120 días de exploración en solitario (que nunca son en solitario) y decidir que iba a perder ese vuelo de regreso que ya tenía comprado desde Manila a Madrid. Poco más tenía claro cuando salí de Tenerife.
El primer destino fue Bangkok, Tailandia, con un grupo maravilloso de viajeras que llenó el cupo total de la experiencia Tailandia Consciente y con quien disfruté, aprendí y sané mucho. Porque, cuando viajamos, siempre aprendemos, siempre se presentan oportunidades disfrutonas y siempre tenemos a nuestro alcance, muy muy cerquita, la posibilidad de reconciliarnos con algo, con alguien o de cerrar una heridita que pica desde hace tiempo. Así que, cuando terminó Tailandia Consciente y me despedí de aquellas personas tan inspiradoras, empezó mi caminito en solitario. Desde 2018, no hacía un viaje de más de 6 días en solitario, desde 2015, no lo hacía de más de un mes y, desde 2011, no lo hacía de más de 4 meses. Me sentía confiada y bendecida y motivada, pero también nerviosa, llena de incertidumbre y aún tenía muy presentes los síntomas de una ansiedad pegajosa, persistente e indeseada que llevaba acompañándome no menos de 3 años. Y con todo bien juntito y revuelto, tomé el vuelo que me llevó hasta Filipinas. Bueno, a la mayor de sus más de 7000 islas, Luzón.
Yo había estado unas 10 veces en Tailandia desde 2011 y no pude evitar buscar similitudes en sus calles y entre su gente cuando llegué. Quizás en ese afán de encontrar familiaridad y no sentirme dando palos de ciega, nadando en un desconocimiento abismal. Pero no pude evitarlo. Todo era nuevo, aunque ciertos aspectos me resultaran parecidos a aquello a lo que ya me había acostumbrado lejos de allí. Así que tardé unos cuantos días, algunos rechazos internos y varios apretujones en el estómago antes de aterrizar mentalmente. Filipinas estaba entrando poco a poco por mis venas y por mis sentidos para hacerse con mi sistema lentamente. Y lo consiguió.
Manila fue donde aterrizó mi avión, pero no paré en la ciudad sino que fui directamente a Clark, Angeles city, una ciudad muy popular por su vida nocturna, sus bares de chicas y el turismo sexual, además de por los tours para descubrir el volcán Pinatubo y su precioso lago formado en el cráter. Sí, a mí también me resultó chocante esta mezcla, especialmente porque los propios lugareños hacen hincapié en que, a parte de eso, no hay nada más que hacer allí... ¿Qué fui yo a hacer allí? Pues nada de lo que ha mencionado. Solamente fui al aeropuerto para coger otro vuelo que me llevaría directa a la isla de Busuanga para visitar a mi buen amigo Abraham Trujillo que vive en Corón desde hace casi 10 años (los vuelos desde Manila son considerablemente más caros). Ese vuelo, de día, me fascinó. Desde el aire pude ver un paisaje realmente hermoso a medida que íbamos sobrevolando las islas e islotes de esa región. En serio, yo estaba fascinada por el verdor de la vegetación, por los colores del agua del mar, por las líneas de color crema que separaban la vegetación de la orilla, por el suave relieve montañoso que tapizaba las islas, por el aire tan claro que me permitía ver detalles muy pequeños. Seguro que mis ojos tenían las pupilas muy dilatadas y mi cara estaba más pegada a la ventanilla del avión de lo que creía, pero es que estaba realmente fascinada.
Ahora hago un pequeño inciso para contarte que tengo mucha facilidad para fascinarme, asombrarme, entusiasmarme y dejarme sorprender (me sale una sonrisita cuando lo escribo), creo que casi casi la misma que cuando era chiquita. Y es que me supera la intensidad de las emociones que percibo frente a algo que me gusta, no lo puedo esconder ni lo quiero evitar (ahora es una sonrisita traviesa). Entonces, es probable que me leas muy flipada a veces. jajajaja.
Volviendo al vuelo de Clark a Busuanga, allí estaba yo deleitándome con aquellas sensaciones de fascinación y entusiasmo, de emoción y nerviosismo, previas al aterrizaje que me iba a confrontar, además de con el calor del aire externo, con una realidad incómoda y apasionante a partes casi iguales.
CONTINÚA...
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