El viaje hacia la espiritualidad

Para llegar a la espiritualidad no hay más que hacerse un par de preguntas (normalmente incómodas) para las que no tenemos respuestas lógicas, pero en respuesta a las cuales sentimos una certeza inexplicable, una atracción inevitable hacia un estado de plenitud inesperado.

Y como muchas veces, aquello que no podemos racionalizar o nos toma por sorpresa, lo rechazamos, podemos entrar rápidamente en conflicto con nuestra espiritualidad, con esta parte tan íntima, única, inexplicable y sorprendente, que nos acerca a un lugar de certezas y paz interior. El rechazo está servido. No sólo a nuestra propia espiritualidad, sino a todo lo que la pueda representar...

 

Paradójicamente, la aceptación de esta parte de nuestra experiencia a la que considero espiritualidad, es totalmente compatible, en nuestros procesos internos, con nuestra racionalidad y con nuestra apetencia por lo previsible. Pueden coexistir armoniosamente, no necesitan estar en conflicto permanente para justificarse o simplemente para existir. Ya están, ya son en cada unx de nosotrxs. Así somos. Pero tendemos a no aceptarlo, a excluir una parte en pro de la otra, haciendo lo que, probablemente, nos han pedido que hagamos muchísimas veces desde que nacimos: elegir descartando una opción como no válida o menos válida, frente a otra mejor. Aprendemos a discriminar de forma condenatoria y esta forma de responder la extendemos a muchísimas situaciones y relaciones en nuestra vida sin que sea necesario hacerlo. Cuando la llevamos a la relación con nosotrxs mismxs, discriminamos muchos pedacitos de nosotrxs y nos vamos fragmentando poco a poco sin querer. De hecho, vamos creyendo que esta forma de reaccionar es la base para nuestra madurez y desarrollo eficiente: dejar atrás partes de nuestra realidad interna que no son tan buenas como otras, que son inútiles o inservibles por no poder encontrarles un razonamiento lógico, una explicación científica o una prueba irrefutable que universalice o estandarice su manifestación.

 

Desde que he sido consciente de que llevo mucho tiempo haciendo esto, como quien prepara el terreno, lo ara, lo abona, lo cultiva y lo mantiene bien atendido para recoger una buena cosecha, simplemente he podido acercarme y ver mucho más clara una fuente común que alimenta casi todas mis ansiedades: Mi propia incomprensión, mi propia ignorancia de mi naturaleza plural, diversa, impredecible, ilógica y que puede parecerme tan contradictoria racionalmente. Haciendo frente a mi desconocimiento (porque tenía que enfrentarlo), ha estado muy presente mi esfuerzo por cartografiarme más allá de mis propias fronteras por miedo a no llegar a mí, a perderme. Qué curioso no darme cuenta de que era imposible y de que ese mismo afán estaba borrando todo rastro del camino de regreso a mí haciéndolo  muchísimo más complicado.

 

Ese mapa que estaba tan contenta de haber ido creando registrando cada sendero principal y secundario, cada área de descanso y cada zona de peligro, también creía que era una buena guía para otras personas, de forma que pudieran entenderme mejor y saber por dónde aproximarse a mis lugares favoritos y cómo evitar los indeseables. ¡Era mi salvavidas! En momentos de conflicto ya fuera interno o externo, echaba mano de ese trabajo del que tan orgullosa me sentía para encontrar respuestas, para salir del atolladero y librarme del miedo, del riesgo inaceptable, para alejarme de las zonas de peligro y volver a los campos florecidos y al horizonte azul. Hoy reconozco cuánta limitación y necesidad de aferrarme a esos límites tenía para sentirme segura, creyendo entender. Condiciones, rutinas, planes, mandamientos, mantras, afirmaciones, cursos, lecturas, mente, mucha mente y redil para la emoción irracional.

 

Pero ¿sabes algo? Aunque creyera que trataba de evitar catástrofes, desbordamientos, huracanes o terremotos, lo cierto es que no lo hacía tanto por miedo a verme sacudida yo (que también), sino por vergüenza y por miedo al rechazo o a la incomprensión de quienes presenciaban mi sacudida desde fuera, de la que, inevitablemente se sentían parte y que, naturalmente, tenían su reacción ante ella. Yo era incapaz de hacerle frente a esto con las manos vacías. Necesitaba el escudo de mi mapa.

 

Sin embargo, descubrí algo muy valioso también. Y es que cuando me encontraba sola en medio del desbordamiento, tenía la capacidad de navegarlo sin ese mapa, tragando agua, pero también escupiendo deshechos. Sin alguien frente a quien justificarme, sin alguien a quien tener que explicar lo inexplicable de ese momento, todo se hacía más fácil, más natural, algo más amable. Y me centré en esto para comenzar abrir los ojos y a desarrollar el superpoder de detenerme en el epicentro del huracán para mirarlo de frente, distinguiendo mi propio reflejo en él, y aceptarlo tal y como lo estaba viendo. Sin más añadidura, sin restarle importancia. Este superpoder conseguía transformar la magnitud del huracán o del maremoto o del la grieta que se abre hacia el abismo, y de desplazarlo con el aliento de un suspiro para lograr dejar de estar precisamente el en centro del fenómeno y, con una nueva perspectiva, poder contemplar el resto de su transformación con algo más de serenidad. No era el fin del conflicto, pero sí me sentía más protegida y aliviada.

 

Así, el viaje hacia mi espiritualidad, comenzaba con preguntas incómodas sin respuestas lógicas, seguía con pequeños retiros introspectivos y continúa hoy con contemplación y aceptación de los miedos, terrores, vergüenzas y frustraciones que me roban la paz, la fuerza interior y, creo que también en gran medida, la sabiduría que me acerca a mi verdad fluctuante.

 

Ahora siento este viaje como una oportunidad maravillosa (sigue siendo incómoda, pero esto no es algo negativo) de descubrir el mundo de una forma más amable a través de mi propia aceptación. Y también de descubrirme a mí misma de una forma más amable a través de la aceptación del mundo que me sostiene y me rodea.

 

Viajar por el mundo mientras viajo hacia mí, es algo que deseo seguir haciendo y si es con personas que disfruten o quieran disfrutar también de este proceso, más aún.

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Comentarios

Félix
hace 3 meses

Palabras muy profundas pero a la vez sensibles, palabras sabias, palabras inspiradoras, palabras llenas de amor, de paz y de mucha sensibilidad, palabras que llegan al corazón!
Gracias por compartirlo!