Aterricé en el aeropuerto Francisco B. Reyes (USU), en Busuanga, a eso del mediodía con la emoción de una niña pequeña que vuela por primera vez y descubre la tierra desde el aire. Qué cosas...

No sé cuántos vuelos habré cogido desde el primero, ni es relevante, pero no todos han despertado el mismo entusiasmo y eso sí es relevante. No en todos he deseado tener un asiento que termine en "A" ni renunciar al sueñito al que invita la tranquilidad de saber que no tengo (ni puedo) hacer nada durante unas horas. Unos vuelos me han marcado más que otros, sin lugar a dudas. Unos a sabiendas de que podía encontrar algo fascinante desde el aire y otros descubriéndolo por sorpresa. Lo maravillosamente sorprendente de este viaje a Filipinas es que, sin solicitarlo, me tocó asiento en ventanilla en todos los vuelos y no imaginaba lo que iba a impactarme el paisaje que vería. Fue algo que recibí como un regalo y que disfruté mucho. Tan simple y tan emocionante.
Esto me lleva a pensar que hay muchas formas de plantear un viaje. De hecho, tantas como personas, pero centrándome en algunos aspectos básicos y comunes a casi todos los viajes de turismo, voy a distinguir entre:
- En solitario o en compañía
- Con presupuesto holgado o presupuesto justo
- Con más comodidades de las que disfrutas a diario o con menos (las mismas es imposible)
- Con mucha planificación previa o con poca
- Con entusiasmo o con indiferencia (sí y es bastante frecuente)
- Con actitud aventurera o con grandes expectativas (son opuestas)
- Con ganas de moverte y descubrir o de apalancarte y descansar
Bueno, hay muchos más criterios que definen un viaje, por supuesto, pero para mí éstos son esenciales y marcan una diferencia grande. En mi caso, este largo viaje que comenzó en Filipinas ha sido: en solitario, pon presupuesto muy justo, con menos comodidades de las que disfruto en casa, con poca planificación (aunque mucha conversación y lectura para aprender sobre los lugares que visitaba), con entusiasmo creciente, con actitud aventurera y alguna expectativa que no podía evitar, con ganas de moverme para descubrir, aunque también concediéndome días de descanso y relax para reponerme y simplemente contemplar.
Con estas características, creo que la experiencia transformadora está asegurada, incluso si no hubiera querido que así fuera. Y comenzó intensa porque yo traía una carga de cansancio grande, un malestar por ansiedad bastante desagradable y una sensación de desencanto con varios aspectos fundamentales de mi vida. Aunque era consciente de todo y creía tener ubicado el origen de estas emociones y estados, hasta que no rompí con la rutina, tomé distancia de las "obligaciones" que me imponía y se desplegó en mi interior la gran incertidumbre, no fui realmente consciente de que había tardado mucho en mover ficha para dar la bienvenida a la transformación que llevaba tiempo tocando a mi puerta. Sí, suelo apurar las situaciones que no terminan de encajar esforzándome por adaptarme y moldearme para no descartarlas, soltarlas o despedirlas. Pero estoy aprendiendo a no apurar hasta el límite.
¿Que por qué empezó intensa? Pues porque con esa carga emocional que llevaba, pequeñas incomodidades, a veces, llegaban a resultarme abrumadoras. No tenía mucha energía para adaptarme aunque deseara hacerlo. Algunos momentos me resultaron un suplicio nada más llegar a Corón. Desde las opciones de comida que encontré los primeros días hasta los cantos incesantes de los gallos o el olor a basura quemada durante todo el día. Son detalles que, en otro momento de mi vida, no me hubieran molestado en absoluto, incluso me hubieran fascinado por estar descubriendo y descubriéndome en un entorno muy diferente al que es habitual para mí y que me revelan una cultura nueva. Pero ahí estaba yo, luchando con mis sentidos, rechazando estímulos y buscando la manera de reducir mi hiperreactividad e hiper sensibilidad cuando lo único que necesitaba hacer era dejar de hacer, de evitar y de luchar. Pero ¡qué difícil es conseguir entender eso y llevarlo a la práctica cuando la ansiedad agita todo el cuerpo! ¿Verdad? Es posible que te hayas reconocido en una situación similar. El caso es que entendí que era todo un proceso, que necesitaba tiempo y que nada de lo que me molestaba suponía una amenaza para mí. Comencé a replantear el discurso persuasivo de mi mente, a hablarme de manera más amable, a hacer equipo conmigo y ponerme de mi lado, sin luchar. Fui paciente conmigo y también más realista. Puse en marcha los mecanismos que tantas otras veces en mi vida me han ayudado y que, muchas veces, ignoro. Y, una vez más, funcionaron. Pasaron los días y todo iba asentándose muy poco a poco, sin grandes avances. Todo chiquito y despacito. Así es como funciona. Cuando una va acelerada, grandes dosis de lentitud y paciencia, varias veces al día, con mucha agua. Sin saltarse ninguna toma. Y a esperar con toda esa incertidumbre tan necesaria... Fue manita de santo.
Así que, aunque no del todo bien, cada día iba sintiéndome más tranquila, menos tensa, menos abrumada, más disfrutona. Con altibajos, por descontado, pero saboreando las pequeñas conquistas de bienestar mientras recuperaba el tiempo lejos de mi amigo Abraham charlando, riendo, comiendo, paseando, jugando y divirtiéndome con sus peques, haciéndome a su casa en las afueras, junto al matadero, en Barangai 6. Y también turisteando con Island Hoppings en los que descubrí paisajes asombrosamente bellos, islas paradisiacas, fondos marinos muy ricos, lagunas, vegetación, playas, formaciones rocosas... Y personas encantadoras con muchas ganas de conectar de forma alegre, amable, ligera y entusiasta. Todo esto no hubiera sido posible sin las ganas, sin la predisposición y la actitud que decidí que quería tener para hacer de esas semanas una experiencia enriquecedora.
Si me hubiera apoyado en la queja para justificar la interpretación que mi mente hacía de los estímulos que percibía los primeros días, te aseguro (por experiencia personal y también por la experiencia de viajerxs con lxs que he compartido), no sólo hubiera vivido unas semanas de mierda, sino que es lo que hubiera transmitido y legado a mi entorno más cercano. Y eso no lo merece nadie, ni yo, ni ellxs.
CONTINÚA...
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Comentarios
Pues encantado de haberte tenido en casa unos dias Tania-san. Ya sé que vivir en la selva y al estilo Filipino es un poco de choque cultural pero también enriquecedor. Yo en este momento no lo cambiaria por nada. Ojalá te volvamos a tener pronto por aquí, que los niños me preguntan por tí a cada rato. Besossss
Qué bonita forma de describirlo Tania. Consigues que al leerlo escuche tu voz igual que en nuestros masajes que tanto añoro.
Estoy disfrutando mucho esperando tus publicaciones y viendo como poquito a poco cada día estás mejor. Besitos